• Nicolas Cadavid

Not quiet animal: Lo casi humano en la obra de Patricia Piccinini


Por: Nicolás Cadavid




Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.


Howard Phillips Lovecraft - El extraño.




La literatura de ciencia ficción, no por algo llamada en sus orígenes literatura de anticipación, parecía vislumbrar, ya desde la primera mitad del siglo XIX, la poderosa influencia que la ciencia y la tecnología podrían ejercer sobre lo humano y sobre la vida en general. Naves espaciales, avanzados sistemas de comunicación, y armas de destrucción masiva, se cuentan entre aquellos avances a los cuales se adelantó la obra de Julio Verne, uno de los principales exponentes del género durante aquellos primeros años.

Pero más allá de afirmar que visiones en extremo asombrosas como la criatura nacida en el laboratorio de Victor Frankenstein, puedan verse reflejadas en los implantes cocleares, los exoesqueletos robóticos y los corazones artificiales con los que cuenta la medicina moderna, sí podríamos pensar que estas, más allá de su utilidad, permiten reconocer el poder de seducción que dichas ideas han ejercido sobre nuestros deseos por controlar cada uno de los procesos biológicos que influyen en nuestras vidas, y más importante aún, cómo estos deseos son manipulados, a su vez, por la lógica del Biopoder.

“Not quiet animal (Transgenic Skull for The Young Family)”, escultura de la artista australiana Patricia Piccinini, parece referir, precisamente, a aquellas nuevas formas de humanidad que la tecnología del poder ha generado durante las últimas tres décadas, por lo que su análisis, al menos para este texto corto, resultará de interés.

El cráneo realizado por Piccinini en 2008, aunque horrible y transgénico, luciría fantástico, junto a una lámpara minimalista, en la sala del apartamento de algún coleccionista de arte contemporáneo. No obstante, este cráneo no sólo tiene la capacidad de reflejar la luz que reconforta. Más allá de la evidente hiper-estetización que un mercado del arte altamente desarrollado y globalizado parece exigirle a los artistas, este refleja el resultado de vivir en un mundo en el que la ciencia y lo maquinal tienen la posibilidad de transformar toda condición humana. Aquel cráneo hecho en bronce, mitad hombre y mitad bestia, cuyo origen parece remontarse a un periodo olvidado por las teorías evolutivas o a un fallido experimento genético, antes que abyecto, se nos antoja seductor en tanto intuye la presencia de lo real lacaniano, es decir, aquello “que excede el orden simbólico representacional, el vacío fuera del lenguaje”[1].

Pero aparte de la fascinación por el misterio que se desprende de la aparición de este ser, ¿por qué nos seduce lo horrible, lo transhumano? Quizás porque desde que la enfermedad se instaló en nuestra conciencia ya no como epidemia sino como una posibilidad que nos acecha y debilita constantemente, la medicina y el estado en conjunto han promovido la intervención del cuerpo como un asunto de necesidad, status y salud pública; como si tan sólo la alteración de lo humano pudiese aplacar la amenaza de la muerte y así permitirnos continuar a lo largo de un extenuante proceso productivo-industrial. Esta es la razón por la cual, en las actuales condiciones de prótesis, implantes y manipulaciones genéticas, lo verdaderamente extraño es lo humano no intervenido, lo humano natural, no el cráneo mutante que parece reírse de nosotros con cinismo.

Esta aparición de lo real no llega sola ni en silencio pues la posibilidad de contemplar un cráneo que nos parecía inverosímil, trae también la experimentación de una fuerte dosis de angustia, una suerte de nostalgia por un pasado en el que lo extraño se conservaba lejos de la vida cotidiana, en los márgenes más oscuros de la razón humana. Con todo, esta nostalgia por un cuerpo intacto en su humanidad es, en momentos donde el control biopolítico ha alcanzado niveles desproporcionados al regular “la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiendola y rearticulándola”[2], una empresa tan ingenua como el esfuerzo de Greta Thunberg por solucionar la grave crisis ambiental. Pues una vez el espectáculo grabó en nuestra mente la promesa de la vida eterna y el confort urbano, simplemente nos fue imposible decir que no a un mundo rebosante de objetos, cada cual más bello que el otro, cada cual más erótico, especializado y necesario que su propio usuario.

Aunque en “Not quiet animal (Transgenic Skull for The Young Family)” encontramos cierta reminiscencia de formas casi humanas, estas pasan a un segundo plano al presentarse desafectadas, relegadas, y menospreciadas. En su lugar, el objeto artístico, dotado aún del aura que Benjamin quiso expulsar, protagoniza la escena pues es a través de él, del éxtasis que puede producir en nosotros, que lo extraño se incorpora sin ninguna resistencia a nuestra vida permitiéndonos conocer el indecible rostro del Biopoder.


Nicolás Cadavid

Artista visual y profesor universitario.

[1] ZÚÑIGA, Rodrigo. La demarcación de los cuerpos. Santiago de Chile: Metales pesados, 2008, p. 17. [2] HARDT, Michael – NEGRI, Antonio, La producción biopolítica. En Imperio. Traducción de Alcira Bixio. Barcelona: Paidós, 2002, pp. 37-53.