• Jenny Toro Salas

Cuerpo Político Ausente

Por: Jenny Toro Salas



Entender la violencia como motor de la historia, nos permite identificarla como estructural en los sistemas sociales, siendo a su vez fundadora y conservadora del derecho y el poder. En términos de Walter Benjamin: “Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie.”1 En el texto Para una crítica de la violencia, Benjamin analiza los orígenes del derecho, según el principio que distingue la violencia legítima de la ilegítima, a través del monopolio de la violencia por parte del estado, el cual sustrae al individuo la posibilidad de ejercer la violencia en todas sus prácticas, en virtud de defender el derecho. En Vigilar y Castigar Michel Foucault describe la economía del castigo en la formación de la justicia penal de las sociedades modernas, analizando la redistribución de las justificaciones morales y políticas del derecho a castigar. Describiendo los sistemas punitivos dentro de una economía política del cuerpo: “siempre es del cuerpo del que se trata —del cuerpo y de sus fuerzas, de su utilidad y de su docilidad, de su distribución y de su sumisión. Pero el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos.”2 A comienzos del siglo XIX en las sociedades europeas, el poder tiende a disciplinar de forma preventiva en lugar de castigar con tormentos físicos al delincuente. Desaparece, el espectáculo de la pena física; se oculta el suplicio y se suprime el aparato teatral del sufrimiento. En su lugar se reconfiguran los métodos disciplinarios a partir de una tecnología política del cuerpo donde se acentúan las relaciones de poder al interior del mismo, entendido al cuerpo como objeto. Solo es posible instituir al cuerpo como fuerza de trabajo si este se halla prendido en un sistema de sujeción productivo: “El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”. En las sociedades modernas el castigo físico tiende a transformarse en la parte más encubierta del proceso penal. El estado trata de mantener a distancia esta violencia física, tendiendo siempre a confiarle a otros el ejercicio de esta violencia bajo secreto. En el siglo XX se perfeccionaron las herramientas para adoctrinar al cuerpo social. Surgieron modelos inéditos de violencia política como la desaparición colectiva. A través de la implementación de doctrinas militares, aparatos burocráticos de legitimación, dictaduras expresas o encubiertas, se pusieron a prueba nuevas economías de la muerte, en los laboratorios políticos del tercer mundo. Como lo señaló Deleuze en Mil Mesetas “La macropolítica de la seguridad se corresponde con la micropolítica del terror”. En el contexto de la guerra fría, América Latina por integrar el territorio de influencia de los Estados Unidos, se vio fuertemente intervenida a nivel militar por su política exterior; la doctrina de seguridad nacional se convirtió en el instrumento de legitimación de gobiernos autoritarios, fueran estos civiles o militares. Mediante esta doctrina se fabricó el argumento de la seguridad nacional amenazada, haciendo imperiosa la necesidad de la acción militar para combatir al enemigo interior y justificar así, la implementación de mecanismos de guerra. Esta doctrina que surge de las experiencias francesas en Indochina y Argelia, es importada a Latinoamérica por los Estados Unidos, mediante el financiamiento y capacitación de las fuerzas armadas a nivel continental. La seguridad interna deja de ser un asunto de manutención del orden público y se convierte en una cuestión de guerra. En este sentido los opositores pasan a considerarse enemigos, y se combate el surgimiento de grupos que cuestionan la legitimidad imperante. A través de esta doctrina militar, llegó a implementarse en Latinoamérica de forma sistemática la desaparición forzada de personas -cerca de noventa mil personas, solo entre 1966 y 1986 fueron desaparecidas en el continente, según cifras de Amnistía Internacional y FEDEFAM3-. La eliminación del cuerpo, en el proceso de eliminación de pruebas, buscaba ocultar los vejámenes a los que fueron sometidos los detenidos y proteger a los agentes del estado, otorgando total impunidad a los perpetradores. La función de la exposición de cadáveres -característica del periodo de La Violencia (1948-1965), en Colombia- como pedagogía del horror, (cercenamientos, transformaciones brutales del cuerpo, redistribución de las partes, ceremonias del suplicio semejantes a las prácticas penales medievales descritas por Foucault), transmiten el mensaje de intimidación; el dolor expuesto se vuelve aleccionador, en sociedades en las que los rituales del martirio buscan cumplir una función disciplinar. Así mismo la ausencia de cuerpos se traduce en un signo del horror; multitudes van a parar a grandes limbos político-jurídicos en los que “la ley y la excepción se confunden en una mortal superposición”4. Limbos en los que no se está ni vivo ni muerto. La desaparición forzada se convierte en una profunda y sostenida ruptura del tejido afectivo de comunidades enteras, afectadas por el terror y la incertidumbre de lo irrepresentable y lo indecible. “El objeto didáctico pasa por el ritual del terror. En este caso, tanto el objeto-cuerpo como el procedimiento, rompen el sentido, la lógica y las normas de la violencia “convencional”. Lyotard Dice que lo que busca el terrores detener el sentido de las palabras.Romper brutalmente el sentido, cifra también su eficacia en el efecto perturbador en el tiempo.El terror se convierte en una fuerza aleccionadora de larga duración”.5 Restrepo se ocupa de analizar el conflicto colombiano durante el periodo conocido como La Violencia (1948-1965) en el que el enfrentamiento civil escala en una “parábola progresiva hacia la atrocidad y el sadismo”6. Paradójicamente la violencia exacerbada ha estado presente en Colombia desde tiempos inmemoriales hasta la actualidad, y esta categoría historiográfica desborda sobradamente la cronología del relato hegemónico. “La destrucción de los cuerpos durante las diferentes violencias que ha vivido el país, pasan siempre por una meditada puesta en escena para potenciar sus signos en escritura. El cuerpo es espacio gramatical de lo visible y lo legible.”7 a lo cual se podría agregar:es gramatical también en lo vedado e invisible, ya que incluso en la desaparición del cuerpo se producen determinados mensajes de larga duración. Los casos de desaparición forzada parecen burlar toda lógica. El lugar del desaparecido es un rincón excluyente, incompatible con las normas dominantes del realismo político. “su invisibilidad es una construcción política alimentada por la violencia epistémica. Los medios técnicos, el saber experto y la motivación política para investigar y analizar -los casos y pruebas- no están disponibles”8. Estos casos y estas pruebas tienden a convertirse en lo que Hito Steyer denomina imágenes pobres, condenados por la violencia y la historia, a permanecer en una condición fantasmagórica, de enigma inconcluso, convertidos en objetos subalternos, indeterminados, excluidos del discurso legítimo,objetos sujetos a negación, indiferencia y represión. La violencia se perpetúa al mantener este particular estado de indeterminación. El estado de liminalidad caracterizado por la imposibilidad de ser definido socialmente perpetúa el sinsentido y la ambigüedad; cristaliza la violencia política y anestesia a la totalidad de la sociedad.


“la zona de probabilidad cero, el espacio en que las imágenes/objetos se desdibujan, pixelan y salen de circulación, no es una condición metafísica. En muchos casos se trata de una obra del hombre, y es mantenida por la violencia epistémica y militar, por las tinieblas bélicas, el crepúsculo político, el privilegio de clase, el nacionalismo, los monopolios mediáticos y la indiferencia persistente.”


En estos casos son los familiares quienes asumen la disputa en torno a la representación de los desaparecidos. A partir de ese intento de restitución de la identidad, comienzan a determinarse las categorías para definir socialmente este crimen. En el caso de Latinoamérica, las disputas por la memoria, son las que han permitido construir la categoría de detenido-desaparecido, a través de la producción de relatos, lenguajes y producciones culturales que permiten la elaboración identitaria de este “sujeto”, rompiendo las narrativas negacionistas dominantes.


Según Elizabeth Jellin, en Los trabajos de la memoria, las narrativas hegemónicas de la historia se construyen por los usos del lenguaje, y la forma como los medios periodísticos y voceros del gobierno narran los acontecimientos desde el mismo momento en que se producen. Estos relatos se encierran en determinados marcos ideológicos, en los que se inscribe lo dicho y lo no dicho. El silencio en torno a la desaparición forzada constituye una forma de perpetuar la tiranía que constituye este crimen.


Narrativas alternativas a la oficial se refugian en el ámbito privado, en ocasiones son silenciadas aún en la intimidad o se integran a prácticas de resistencia más o menos clandestinas. Durante períodos autoritarios el espacio público está dominado por el discurso dominante, la censura es expresa y las narrativas alternativas son “subalternas, prohibidas, clandestinas y se agregan a los estragos del terror, el miedo y los huecos traumáticos, que generan parálisis y silencio.”9


Según Jelin, los conflictos silenciados conservan actualidad y pugnan por emerger. El trabajo de la memoria se constituye entonces,como una lucha por el sentido del pasado, en el que la historia oficial se torna problemática. En un contexto de lucha por la defensa de los derechos humanos, la exigencia de verdad, memoria y justicia se fusionan. En este proceso los sentimientos y memorias personales, únicos e intransferibles, de quienes fueron victimizados, cobran relevancia transformándose en significados públicos y colectivos.


Las aperturas políticas, o deshielos ocurridos en contextos hasta entonces autoritarios como las transiciones hacia la democracia o los acuerdos de paz, habilitan en la esfera pública discusiones hasta entonces reprimidas, permitiendo la emergencia de narrativas que habían estado censuradas. En estos contextos las memorias de sectores sociales que habían estado oprimidos, marginados y victimizados, salen a flote como posibilidad de reclamar su espacio en la narrativa de la historia, exigiendo al tiempo verdad, justicia y reparación.


Memorias que pudieron sobrevivir en el silencio incluso durante décadas, replegadas en los espacios familiares o de sociabilidad clandestina, se vuelven públicas. Entran a disputar un espacio en un contexto donde se encuentran múltiples perspectivas de la historia, generalmente en pugna. En este sentido, el surgimiento de experiencias estético-políticas, permite la emergencia de nuevas elaboraciones de la historia, resignificaciones del pasado necesarias en contextos de violencia, permitiendo que la sociedad se apropie de herramientas artística para visibilizar lo que históricamente ha sido invisibilizado.









1 Walter Benjamin, Tesis de Filosofía de la Historia, Discursos interrumpidos I (Madrid, Taurus,1982)

2 Foucault, Michel, Vigilar y Castigar, Nacimiento de la prisión. Siglo XXI editores Argentina, Bueno Aires. 2003

3 Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos 4 Steyerl, H.(2009)Entrelazamiento, Superposición Y Exhumación Como Lugares De Indeterminación, Buenos Aires, Caja Negra Editores. 5 Restrepo, J. A.(2009)Cuerpo Gramatical, Cuerpo,Arte y Violencia, Bogotá, Ediciones Uniandes, Universidad de los Andes,Facultad de Artes y Humanidades 6 Orlando Fals Borda, La Violencia en Colombia, Printer Colombiana S.A., 1988 7 Restrepo, J. A.(2009) Cuerpo Gramatical, Cuerpo,Arte y Violencia, Bogotá, Ediciones Uniandes, Universidad de los Andes, Facultad de Artes y Humanidades 8Steyerl, H.(2009) Entrelazamiento, Superposición Y Exhumación Como Lugares De Indeterminación, Buenos Aires, Caja Negra Editores.

9 Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: S.XXI DE ESPAÑA EDITORES S.A.

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